jueves, 9 de diciembre de 2010

Y este corazón late furioso, hijo de la tormenta. Quiere resbalar por los abismos, y rozar la gloria y el desconcierto.

Se vuelca en un abrazo, y teje un manto frío sobre sus manos siempre heridas.

No conoce límites en su locura. Desafía al crepúsculo, y llora, contenido, ante una flor que empieza a morir.

Es este corazón una llama soberbia. Esparce sus semillas sin mirar si caen en suelo fértil. Regala en las mañanas sonrisas a los caminantes distraídos, y se inclina ante el poder de un beso inocente.

Y desgarra su carne, y se sumerge en las tinieblas, cuando olvida a quién tributa sus latidos.

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