Déjame, destino, renunciar a los sueños inconclusos. Déjame brillar, como luna en su desvelo, como el oro entre la niebla, alzando la mirada y sonriendo sin memoria.
Deja que se calmen mi sed y mi vergüenza.
Deja que la noche toque mi frente y me haga libre.
Deja que el silencio sea paz y no miseria.
Que ha florecido un nuevo jardín, y su perfume entra a raudales por mi ventana abierta.
domingo, 29 de agosto de 2010
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